Enfrentar el confinamiento

En estos tiempos de pandemia provocados por el coronavirus COVID-19, en las residencias de tercera edad nos enfrentamos a grandes retos.
Por un lado, la evitación del propio virus, que conlleva una implementación de medidas rigurosas y continuas, tales como confinamientos, distancias de seguridad interpersonal, uso de equipos de protección individual, desinfectantes, restricción de las visitas familiares, y un largo etcétera.

Por otro lado, cómo, con todas estas medidas y sus consecuencias, podemos conseguir que los residentes de los centros entiendan la peligrosidad de la situación, mantengan el ánimo, eviten el estrés de la hiper protección, afronten el día a día con energía y ganas, se permitan reír entretenerse, mantener la socialización entre sus iguales aprendiendo a estar separados de sus familias y a no pensar de forma obsesiva o rumiativa sobre las consecuencias de la propia epidemia en sí misma.

Hablar del confinamiento y no reconocer sus implicaciones físicas, psicológicas, emocionales y sociales es dejar de lado la parte más importante. Aunque las consecuencias del mismo son dispares en cada grupo de población, hay un factor común negativo en todos ellos ¿Cuál? El aislamiento, En esta ocasión me ceñiré a hablar sobre tercera edad, ya que es el tema que nos ocupa.

Desde que empezó la pandemia, hemos visto como el virus ha provocado situaciones más o menos caóticas dentro de las residencias y esto ha generado un aumento del control de las medidas que en ocasiones dejan fuera al sentido común y que permiten actuar al miedo.

Así pues, estamos trabajando bajo una premisa de imposición de confinamiento que ante la mínima sospecha de contacto externo o de sintomatología acorde con el virus, activan todo un mecanismo de control capaz de afectar al más optimista.

El confinamiento en tercera edad tiene consecuencias muy severas sobre las personas a quienes se les aplica. Y aunque el equipo de profesionales está permanentemente atento a las necesidades de las personas confinadas, la ausencia de estímulos de esas personas con riesgo a contagiar, hacen que el tiempo aislados tenga efectos sobre la memoria, la orientación, la movilidad física, el apetito, y por tanto incremente el riesgo a las enfermedades físicas y psicológicas y por ende a seguir confinado.
El aislamiento social, entendido como una ausencia de relaciones sociales significativas y sostenidas en el tiempo, y también a la falta de contacto físico y afectivo directo con personas significativas, (cogerse de la mano, los abrazos, los besos, las caricicias) se han asociado en numerosos estudios con un peor estado de salud general, depresión, ansiedad, deterioro cognitivo, e incluso una mayor probabilidad de muerte prematura.

Está siendo una época difícil para las residencias y sus usuarios, esto es indudable.
¿Cómo pues podemos conseguir este mantenimiento del ánimo de nuestros residentes?, ¿qué tipo de estímulos son capaces de evadirnos de los problemas y hacer que nuestro entorno sea un sitio agradable y reconfortante incluso en la situación más complicada?

El equipo de profesionales con el que trabajamos invierte gran parte de su tiempo en prevenir el riesgo tanto dentro de la residencia como fuera de la misma, la concienciación es total. Estamos continuamente informándonos sobre medidas específicas y las actualizaciones pertinentes a la pandemia, así como implementando medidas que permitan que la cantidad de usuarios confinados se reduzca al mínimo imprescindible y durante el tiempo imprescindible.

La estimulación cognitiva persigue ciertos objetivos para mejorar el funcionamiento general, ralentizar el proceso de deterioro, mantenerse conectado con el entorno, aumentar el bienestar y la autonomía personal, evitar el estés, y mejorar la calidad de vida de las personas.
Mantener una buena relación social nos mantiene activos cognitivamente y por ello nuestras residencias trabajan activamente en ello.
Actividades grupales, talleres de ejercicio físico y mental, paseos supervisados al exterior, recuerdo de eventos pasados, trabajar la orientación espacial, temporal y personal, talleres de risoterapia, de fortalecimiento de las relaciones sociales, de cine, radio y prensa, taller de poesía, de lectura de libros, de ejercicios específicos como cálculo, lenguaje, atención, memoria, estimulación sensorial para los más afectados por el proceso de envejecimiento, cariño y ternura en el trato, y por supuesto la conexión con las familias (con llamadas, videollamadas, mensajes y visitas) que es sin lugar a dudas el pilar por el que muchos se sostienen. Estas son y han sido algunas de las herramientas que utilizamos para combatir la pandemia y aumentar el sentimiento de competencia, la autoestima y frenar el deterioro cognitivo que se asocia al envejecimiento.
Es importante no contagiarse del virus, pero también es muy importante no contagiarse del miedo, de la incertidumbre, del malestar, de la tristeza y de todas las emociones que envuelven la pandemia. Porque las emociones se contagian y necesitamos un esfuerzo extra de los trabajadores, de las familias y de los usuarios, para poder mantenerse en la realidad que nos ocupa.

Francisco Hernández Pallás
Psicólogo General Sanitario col. CV-13012
Director Residencial San Sebastián (RED VALENCIANA DE SALUD MENTAL)

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